Más vale actuar que lamentarse. Que sí, que nos gusta el cine, y a muchos les
gustaría hacerlo, plasmar en una pantalla 1.85:1 o 2.35:1 sus sueños, pero se
da la circunstancia de que no somos estadounidenses (e incluso si lo fuéramos,
ya veríamos si las cosas eran tan fáciles como algunos presumen), sino que
vivimos en países en los que no existe tejido industrial para hacer películas
y venderlas con fortuna, y rodeados de compatriotas cargados de prejuicios
que jamás verían una película local sólo por el mero hecho de serlo. Ni dinero
ni público.Operas primas de gente de treinta y tantos, primeras películas que
son a la vez las últimas, filmografías que se espacian en el tiempo dejando
pasar ocho años entre un trabajo y otro, estrenos minoritarios sin promoción
o con una promoción inadecuada, salas pequeñas residuales a las grandes
en las que lucen los grandes blockbustersamericanos, excelentes trabajos
que nadie llega a conocer… Éste es nuestro mundo, y sobre todo el mundo
de aquellos que quieren ser cineastas. Como aconsejar es gratis, se puede
recomendar la salida de buscarse la vida fuera (y “fuera” es, naturalmente,
en los Estados Unidos; todo lo demás serían otros “dentros” tan difíciles
como el nuestro), seguirle la estela a directores latinos como Guillermo del
Toro (Hellboy), Alfonso Cuarón (Hijos de los hombres) o Fernando
Meirelles (El jardinero fiel). Pero no todo el mundo puede o quiere emigrar,
y parece que los que se queden tengan que pasarse la mayor parte de su vida
profesional peleando por que les dejen meter baza en el raquítico y defectuoso
circuito que hemos descrito. Al menos así se suelen ver las cosas en España…
y me da la impresión de que tiene que ser muy parecido en Argentina. Pero
hay otra vía, que nadie dice que sea cómoda pero que está ahí: la acción. leer más